Es la política la que satisface los instintos místicos y comunitarios de las personas, adquiriendo unos tintes chamánicos, blindándose al empiricismo. La proporción de estadounidenses que son miembros de una iglesia ha bajado del 70% a menos del 50% en solo dos décadas. Hasta hace unos tres meses, dedicamos la mayor parte de la cobertura política de EEUU a tratar de entender el trumpismo, y percibimos, sobre todo hacia el final, determinados rasgos propios de una secta. La renuncia de Trump a admitir su derrota en las elecciones demostró por enésima vez el extraordinario control que tenía sobre muchos de sus fieles.
No hemos llamado a esta serie de artículos ‘Doctrina woke’ por casualidad. Las pulsiones ‘woke’, que llevaban tiempo consolidándose en la cultura estadounidense, se desbordaron al resto de la sociedad el verano pasado, durante las protestas contra la violencia policial y el racismo que siguieron al asesinato de George Floyd y que gozaron de una sólida simpatía pública. Pero la dinámica de las protestas, que lograron colocar en el punto de mira un problema y obligar a los representantes públicos a reaccionar, vino acompañada de actitudes inquietantes. Las protestas duraron muchas semanas.






