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En la Edad Media se trabajaba más pausadamente y menos horas. La llegada del capitalismo supuso la aceleración del ritmo de trabajo, el perfeccionamiento de la disciplina laboral y la disminución del tiempo libre de los trabajadores.

Por herencia de la Ilustración y por la abrumadora abundancia material y tecnológica, nuestra cultura tiene una fe ciega en el progreso de la historia. Comúnmente esta confianza cristaliza en ideas y opiniones que ven nuestro presente como un avance respecto a épocas pretéritas, aunque esta actitud sea muy cuestionable y su veracidad dependa del criterio que escojamos para comparar distintos periodos de la historia.

Es cierto que la ciencia y la racionalización de los procesos productivos han incrementado espectacularmente la productividad, permitiéndonos realizar en menos tiempo lo que antaño requería interminables jornadas de gran esfuerzo físico o mental. Pero siguiendo esta fantasía del progreso, suele pensarse que el avance científico-tecnológico nos ha permitido rescatar tiempo para nosotros mismos y que ahora trabajamos menos que nuestros antepasados.

Esta imagen, sin embargo, no coincide con la experiencia actual de millones de personas que aseguran carecer de tiempo libre una vez acabado el trabajo y las obligaciones domésticas. Ni tampoco se asemeja a la lectura que algunos historiadores realizan de la Edad Media, ese periodo de la humanidad a menudo desconocido y menospreciado por el injusto estereotipo de “edad oscura” que automáticamente se le asigna.

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