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Hay una pobreza que no se ve, que se vive en la intimidad del hogar y que pasa casi inadvertida por la mayor atención (relativa) que captan otras formas de pobreza más visibles en estos tiempos de crisis. En España uno de cada diez ciudadanos, hasta unos cuatro millones, no puede asumir el coste de la energía necesaria para asegurar unas condiciones de habitabilidad de su vivienda aceptables. Las dificultades (o imposibilidad) de pagar la luz y el gas estarían detrás, según algunos expertos, de entre 2.300 y 9.300 muertes prematuras al año.

La España de la crisis es una España empobrecida. Dos recesiones en cuatro años -y sin que haya aún certezas sobre cuando se verá el final del túnel- han hecho saltar los resortes económicos de la sociedad española con mayor crudeza de la esperable. Con una tasa de paro ya por encima del 26%, y subiendo, la crisis hace tiempo que dejó de hacer mella sólo en las grandes cifras macroeconómicas y bajó a la calle, colocando a muchos ciudadanos al borde de ese precipicio figurado que es la pobreza… o incluso empujando ya a algunos al fondo de él.

Los datos que avalan que la pobreza se ha disparado en España apabullan por su dureza y su profusión. Los informes y estudios de organismos públicos y ONG sobre la incidencia en la sociedad de la crisis se acumulan a modo de constante bofetada de realismo, y ponen negro sobre blanco un escenario que va mucho más allá de la impresión intuitiva que todo el mundo dice tener de que cada vez más gente rebusca en los contenedores de basura. Mucho más allá.
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